Antes de fundirnos en el recinto del Parque el paseante se encuentra, en el centro del ahora ajardinado Paseo de Isabel la Católica, encontramos el Monumento a la Raza, dedicado al poeta, cronista y diplomático nicaragüense Rubén Darío, incansable viajero y máximo exponente de la poesía modernista en lengua española. En una de sus caras encontramos la leyenda:
"LA EXPOSICIÓN IBEROAMERICANA AL INMORTAL CANTOR DE LA RAZA. MCMXXIX."
El monumento está adornado con motivos renacentistas y lleva un gran lápida de mármol en la que están escritos los primeros versos de uno de sus poemas, que precisamente servían como salutación a los pueblos iberoamericanos a los que se dedicaba la Exposición:
“ ÍNCLITAS RAZAS UBÉRRIMAS,
SANGRE DE HISPANIA FECUNDA,
ESPÍRITUS FRATERNOS, LUMINOSAS ALMAS,
¡SALVE!
La figura del gran cantor de la lírica hispanoamericana, el nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío, (Matota, 1867-León 1916). De este gran poeta padre junto al poeta malagueño Salvador Rueda, se debe la explosión de la modernidad lírica.
“Su poesía, tan bella como culta, musical y sonora, influyó en centenares de escritores de ambos lados del océano Atlántico. Darío fue uno de los grandes renovadores del lenguaje poético en las Letras hispánicas. Los elementos básicos de su poética los podemos encontrar en los prólogos a Prosas profanas, Cantos de vida y esperanza y El canto errante. Entre ellos es fundamental la búsqueda de la belleza que Rubén encuentra oculta en la realidad. Para Rubén, el poeta tiene la misión de hacer accesible al resto de los hombres el lado inefable de la realidad. Para descubrir este lado inefable, el poeta cuenta con la metáfora y el símbolo como herramientas principales. Directamente relacionado con esto está el rechazo de la estética realista y su escapismo a escenarios fantásticos, alejados espacial y temporalmente de su realidad”.
Aquí el admirable poema que le dedicó quien se consideró su mejor discípulo: Antonio Machado.
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!
Rubén Darío
(Fragento de Canción de otoño en primavera)

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