lunes, 11 de agosto de 2014

Glorieta de doña María Luisa Fernanda.



Aún es gallarda la postura, aún tiene
gentil empaque la real persona
de esta arrogante vieja, esta amazona,
mejor montada de lo que conviene.

Manuel Machado 

Hay como un gesto de tristeza y resignación en el rostro de la Infanta María Luisa, una cierta languidez  reflejada en su figura, situada sobre un pedestal en el amplio espacio abierto tras el estanque de los Lotos. Ella fue la que donó a la ciudad de Sevilla una gran parte de los jardines de su palacio, más de cuatrocientos mil metros cuadrados. El terreno donado se mantuvo sin transformación alguna hasta la Exposición Iberoamericana de 1929, al que se le añadieron una parte de los terrenos del Prado de San Sebastián.

Allí, en un espacio privilegiado se levantó este monumento  en 1929 por el Comité de la Exposición Iberoamericana  en homenaje a quién lo regaló “para disfrute de los sevillanos”, tras la muerte de su hija María de las Mercedes, que casó en enero de 1878 con Alfonso XII, fallecida seis meses más tarde prematuramente. Aquella muerte fue un romance de amor que corrió  de verso en verso por el pueblo de Sevilla hasta convertirse en copla con bata de cola en la voz de la insuperable cupletista Concha Piquer: “Una tarde por la primavera Mercedita cambió de color...” mientras los viejos seductores sevillanos sacan un pañuelo de blanco hilo y con un gesto que parece un saludo en una tarde de toros en la Maestranza, enjugan una lágrima que la carbonilla del tiempo, esa que vuela de estación en estación, ha provocado.

Como cantó entonces  Manuel Machado:

Hasta que el pueblo las canta,
Las coplas, coplas no son;
Y cuando las canta el pueblo,
Ya nadie sabe el autor.



Lleva la figura de la Infanta, obra de Enrique Pérez Comendador, una flor que nuca se marchita entre las manos cruzadas sobre las rodillas:

Ejemplo de mi vida es esta rosa
Que de mi muerte, vida eterna, brota:
Lleva en su mano, dulce, la corona.


Juan Ramón Jiménez


Es todo un símbolo de una vida rota por la muerte de su hija María de las Mercedes. Una historia que parece fue elegida para que sucediera únicamente en Sevilla, la patria de Bécquer, de los Machado, de Cernuda, de Cansinos Assens, muy cerca de donde está el poeta con sus rimas bajo la sombra de un árbol centenario.

Una tarde de primavera  

Merceditas cambió de color. 

Y Alfonsito que estaba a su lado 

fue y le dijo: ¿Qué tienes mi amor? 

Y lo mismo que una lamparilla 

se fue apagando la soberana. 

Y las rosas que había en su carita 

se le quedaron de porcelana. 

Y Mercedes murió empezando a vivir. 

Y en la Plaza de Oriente y dolor, 

para llorarla fue todo Madrid. 

María de las Mercedes 

mi rosa más Sevillana, 
porque te vas de mis redes 

de la noche a la mañana. 


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