Reina de la Copla grande esta Juanita Reina. Juanita porque una reina del cante no se puede llamar Juana en vida, eso que queda para la posteridad y entre íntimos. Y con todos mis respetos, pues si Juana la Loca se hubiese dejado llamar Juanita desde niña, esa vida de amor imposible y locura a que la sometieron, podría haber sido algo menos triste y desgraciada en esa pasión anhelante y correspondida.
Pero esta Reina y señora de la copla nacida en la calle Parra, corazón macareno y patios con flores de mayo, esos donde ella descubrió el cantar que haría su copla, por esos patios que ya se fueron con los cielos perdidos de Sevilla, como muy bien la dibuja y la mima Antonio Burgos, quien mejor la ha pintado con su rica prosa sevillana.
“Fue como una Montserrat Caballé de la copla. Había empezado de Juanita y ha muerto de Doña Juana, en el supremo trono de las grandes estrellas de la canción andaluza, que en la época de sus grandes triunfos, de sus grandes películas, de sus grandes giras, era todavía el cuplé. Por delante, en el tiempo y en el espacio de escribirle a España una memoria sentimental, estaba Doña Concha. Piquer naturalmente. Pero los macarenos de Sevilla decían que dónde se va comparar, que la valenciana diría la copla con más perfección, pero que Juanita la cantaba con más sentimiento. Nuestra. Abría el “Capote de grana y oro” y era la plaza del Arenal la que estaba en aquellos escenarios de España y del mundo que conquistó por los terrenos de adentro ante el poderío orgulloso de la Piquer”. Antonio Burgos.
Y ahí queda la copla hecha jardín entre cuatro columnas, como un ruedo cuadricular para tararear cuando huela a Domingo de Resurrección y Maestranza los versos de su “Francisco Alegre y olé”, que tanto hizo soñar a aquellos niños que quisieron ser toreros, que la copla recuerda cada vez que Juanita esparce sobre el Parque su voz inconfundible de Reina y señora.
El los carteles han puesto un nombre
que no lo puedo olvidar
“Francisco alegre, y olé,
Francisco Alegre, y olá”.
La gente dice “vivan los hombres,
cuando lo ven torear, y yo rezando por él
con la boquita cerrá”.
Desde la arena me dice “niña morena”,
¿Por qué me lloras, carita de emperaora?
Dame tu risa, mujer,
que soy torero andaluz
y llevo la cuelo la cruz de Jesús
que me diste tú”
Francisco Alegre, corazón mío,
tiende su capa sobre la arena del redondel.


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